09-12-2005 12:21:42 - Espirales - Leido 352 veces
Dame tu bendición, le pedí al tiempo. Necesitaba tan sólo una certeza, una pequeña lucecita a la que mirar en la oscuridad. Tenía un cajón con canciones para cada ausencia. No necesitaba un arreglo floral, sino un revulsivo potente que me estremeciera el cuerpo. Los abrazos de amigo me prolongaron el letargo, pero el fin es inevitable, y la conciencia un obstáculo. Me eché a las calles mirando almas de frente, desafiando a la urbe con un nuevo punto de vista. Contestaba en negrita y bebía de un sorbo las apuestas, pero la oferta y la demanda no son una ecuación subversiva, sino más bien una letanía.
Me clavaron uñas en el corazón y respondí retorciéndome en mi espacio, devolviendo más tarde el dolor multiplicado. Choqué contra un fuego helado de pecado y costumbrismo, y decidí dibujarme el mapa en mi espalda, para verlo solo reflejado en los espejos. Borré los límites sociales y remarqué las corrientes de aire que llenarían mis alas. Y volé. Volé sobre calles y playas, sobre anchas espaldas y miradas vacías, distinguiendo a veces, desde las alturas, destellos en ojos que levantaban la vista. A la noche mantenía el vuelo bajo, y durante el día sonreía al sol de frente. Fueron tiempos de costas, de manos, de humo y voces negras, pianos y camas deshechas.
Los días y las noches llenaron un hueco profundo, un ansia de verdades cálidas y de tiernas caricias. Hambre de seguridad, de dos silencios hechos uno. Tiempos de vanguardia innecesaria, de aventuras ilimitadas y bares cerrados. Fueron tiempos extraños, que me hicieron aterrizar en tu alma.
Irene Vilches Canalejo
Me clavaron uñas en el corazón y respondí retorciéndome en mi espacio, devolviendo más tarde el dolor multiplicado. Choqué contra un fuego helado de pecado y costumbrismo, y decidí dibujarme el mapa en mi espalda, para verlo solo reflejado en los espejos. Borré los límites sociales y remarqué las corrientes de aire que llenarían mis alas. Y volé. Volé sobre calles y playas, sobre anchas espaldas y miradas vacías, distinguiendo a veces, desde las alturas, destellos en ojos que levantaban la vista. A la noche mantenía el vuelo bajo, y durante el día sonreía al sol de frente. Fueron tiempos de costas, de manos, de humo y voces negras, pianos y camas deshechas.
Los días y las noches llenaron un hueco profundo, un ansia de verdades cálidas y de tiernas caricias. Hambre de seguridad, de dos silencios hechos uno. Tiempos de vanguardia innecesaria, de aventuras ilimitadas y bares cerrados. Fueron tiempos extraños, que me hicieron aterrizar en tu alma.
Irene Vilches Canalejo