16-12-2005 01:28:39 - Espirales - Leido 161 veces
Llegó la caricia a la piel. Ésta, que no estaba hecha al contacto con cuerpos ajenos, tembló, y todos los vellos se erizaron en señal de sorpresa, de placer, de agradecimiento. Fue una caricia casual, de esas que regalan unos dedos en su trayecto hacia otro lugar, cuando ven interrumpido su camino por un cuerpo extraño.
Al principio, la piel sintió calor, un calor nuevo, no artificial. Un calor con aroma propio, que se fue haciendo más intenso y llegó a la máxima temperatura cuando sobrevino el contacto. Con el contacto, la piel y los dedos hirvieron, y la temperatura rápidamente se propagó por ambos cuerpos. El encuentro físico motivó el encuentro visual, y entonces el calor viajó a través de los ojos.
Esas intensas miradas volvieron a confluir en el punto entre la piel y los dedos, y entonces, justo en ese instante, los cuerpos se separaron. El calor se tornó vergüenza, y la vergüenza se enfrió hasta olvidar el contacto.
Los dedos buscaron, ya conscientemente, la fría rigidez de la barra del autobus, quedando la piel al descubierto, aún caliente, anhelando otra caricia fortuita que le devolviera a la vida.
Irene Vilches Canalejo

Al principio, la piel sintió calor, un calor nuevo, no artificial. Un calor con aroma propio, que se fue haciendo más intenso y llegó a la máxima temperatura cuando sobrevino el contacto. Con el contacto, la piel y los dedos hirvieron, y la temperatura rápidamente se propagó por ambos cuerpos. El encuentro físico motivó el encuentro visual, y entonces el calor viajó a través de los ojos.
Esas intensas miradas volvieron a confluir en el punto entre la piel y los dedos, y entonces, justo en ese instante, los cuerpos se separaron. El calor se tornó vergüenza, y la vergüenza se enfrió hasta olvidar el contacto.
Los dedos buscaron, ya conscientemente, la fría rigidez de la barra del autobus, quedando la piel al descubierto, aún caliente, anhelando otra caricia fortuita que le devolviera a la vida.
Irene Vilches Canalejo
